La espía roja: caras vemos...
2019-09-19
La espía roja: caras vemos...

 

 

 

 

 

La espía roja:

caras vemos...

 

 

Por Noé Ixbalanqué Bautista

 

Culpar a alguien a partir de la idea de hechos no necesariamente determina la verdad de su intención. Esta es la idea detrás de la historia que nos presenta el director británico Trevor Nunn en La espía roja (Red Joan, RU, 2018) con la siempre magnífica Judi Dench, que nos pide reflexionar sobre la construcción de la paz a partir de actos que podrían ser considerados hechos criminales, como traición a  la patria.

Basado en la novela Red Joan de Jennie Rooney, quien a su vez se inspiró en un hecho real, Trevor Nunn nos narra la historia de Joan Stanley (Judi Dench) una octogenaria inglesa quien es acusada de traición por su gobierno, acusación que la pondría en prisión por el resto de su vida. Su interrogatorio nos remite a la joven Joan (Sophie Cookson) que en los años previos a la Segunda Guerra Mundial y siendo una brillante estudiante de física, se relaciona íntimamente con un grupo de jóvenes comunistas que simpatizan con el régimen de Stalin y actúan como espías para Rusia. Pero también durante esos años trabaja con uno de los científicos creadores de la terrible bomba nuclear. Son los años de la alianza entre Inglaterra, Estados Unidos y la URSS para vencer a Hitler, sin embargo entre ellos hay mucha desconfianza a partir de su nacionalismo y la lucha por liderar al mundo. A partir del horror de los bombardeos nucleares en Japón, que dieran fin a la guerra, Joan decide filtrar a favor de los rusos los datos y planos de la bomba atómica para evitar que los Estados Unidos e Inglaterra tengan la hegemonía nuclear y conjurar con ello otra guerra, ahora con efectos devastadores para la humanidad. Muchos años después, en su vejez, se descubriría ello y la juzgarán por traición.

El pensamiento construido por el positivismo de la modernidad pide evaluar y juzgar el comportamiento de la personas a partir de lo que denomina “hechos”, como si tales intrínsecas y homogéneas a la persona que los produjo, pero también ajenos a esa persona y tuvieran siempre el mismo valor y significado. Es decir como si los hechos fuesen objetos en sí mismos que evalúan a la persona de la misma forma. Sin embargo hay otra tendencia que denomina a los comportamientos humanos como “actos” y su valor dependerán de la intención de quien los realizó y su significado de los otros a quienes les afectó. Así, Trevor Nunn construye un magnífico ensayo sobre el contraste entre hecho y acto en la figura de Joan para la percepción y posterior juicio de la persona, antes de calificarla a partir de prejuicios.

A simple vista, Joan, es una anciana madre de familia y abuela como cualquier otra, pero al develar su pasado se convierte en una traidora despreciable. Esa simple vista está construida por los prejuicios creados a partir de la idea de los hechos. Pero desde una perspectiva más íntima y personal, Joan es una heroína anónima que contribuyó a mantener la paz mundial después de la Segunda Guerra Mundial al compartir el conocimiento científico evitando desnivelar la balanza a favor de algún poder. Y en ello está el valor de este filme.

El guión sólido de Lindsay Shapero que adapta perfectamente la novela al lenguaje cinematográfico, permitió a Judi Dench desarrollar un trabajo histriónico de impacto que, aunque tiene poca presencia en la pantalla, es el factor determinante de esta cinta. Por supuesto que ello se debe no solamente al talento de Dench, sino también a la dirección de Trevor Nunn, que construye una historia bien argumentada manteniendo la coherencia y solidez del personaje en su versión joven con la actuación de  Sophie Cookson. De manera tal que el montaje entre pasado y presente van construyendo el tema y la premisa de la historia desde el personaje y su intimidad para proyectar a su dimensión humana en favor de la humanidad. La paz del mundo se debe a la intimidad y anonimato de una mujer científica, no la de un político o algún dirigente de los países poderosos. Ello es una idea muy atrevida pero muy consistente.

La espía roja nos recuerda en pleno siglo XXI que la historia no es una cadena de hechos, sino de actos de personas, de seres humanos, y que sus intenciones figuran esos actos y son significados por aquéllos que han sido afectados por tales. Caras vemos, heroicidades no sabemos.

 

 
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