Rocketman: adiós a las calles de ladrillo amarillo
2019-06-06
Rocketman: adiós a las calles de ladrillo amarillo

 

 

 

 

 

Rocketman:

adiós a las calles de ladrillo amarillo

 

 

 

 

Por Noé Ixbalanqué Bautista

 

Las cintas biográficas, especialmente sobre estrellas del rock, son cinematográficamente desconfiables, quizá la que se salva de ello es The Doors (EU, 1991) dirigida por Oliver Stone. Sin embargo, y después de la decepción que fue Bohemian Rhapsody (RU/EU, 2018), el director británico Dexter Fletcher nos refresca con Rocketman (RU/EU, 2019) basada en la vida y obra de Elton John.

Fletcher inicia el periplo de Elton John (Taron Egerton) en una terapia grupal donde la estrella musical confiesa sus adicciones: al alcohol, a la droga, al sexo y a las compras. Con ello inicia el repaso por su infancia, carente de amor paterno e indiferencia materna, que contrastó con su gran talento natural para la música; por su adolescencia tocando en pubs, por su ingreso a la industria musical en mancuerna con el letrista y poeta Bernie Taupin (Jamie Bell) y por la manera en que llegó a la fama por la puerta grande en los Estados Unidos y la gran fama y riqueza que ello le trajo, y sin embargo no era feliz. Todo ello contrastó con su diversidad sexualidad para esconderla, pero sobretodo con la soledad que implica no estar ligado al mundo por medio del amor. De ahí sus adicciones.

Fletcher parece inspirado en el cine de Bob Fosse y de Baz Luhrmann para construir una gran metáfora musical de la vida de Elton John, como si la vida de esta estrella del rock fuese una gran comedia musical. Para ello se vale de algunas de las canciones del astro para mostrar su alma y evitar así melodramas superficiales. Las canciones dan voz no sólo al alma de John, sino a las de los personajes que intervinieron en su vida y en su propio ser. Es una manifestación de la colectividad espiritual que, espontánea y autónomamente, se manifiesta ante el mundo para ser. Hay algo de heideggariano en esta cinta que trasmuta el ser de Reginald Dwight en Elton John a partir de la música que aparece sin apego a una cronología o a una explícita razón para cada pieza. Es la obra de Elton John la que narra su vida porque es su propia vida, porque es su ser arrojado al mundo, como explica Heidegger.

Con guión bien construido por Lee Hall, que lejos de recrear momentos de la vida del cantante y pianista, interpretan el trasfondo psíquico y afectivo de tales momentos desde el espíritu mismo del artista, casi como si se tratasen de advocaciones transformadas en música. Este excelente guión facilitó el gran trabajo del protagonista, Taron Egerton que interpreta de una buena forma al Elton John trascendiendo la imitación para explorar el ser a partir del humano detrás del cantante y ello le da fuerza al personaje. Por ello no son necesarias las escenas fuertes de los conflictos internos, esas que se han convertido en lugares comunes en este tipo de películas, sino que Egerton, de la mano del director se dan a la tarea de mostrar tal conflicto en la nada ordinaria cotidianidad que implica ser una estrella del rock, evitando la tentación de hacer una apología biográfica.

 

 

Por supuesto que el diseño de producción merece un aplauso, pues la precisión estética en  recreación de las épocas de la posguerra y del movimiento hippie es notable, y que, hasta llegar a los años 90, nos permite comprender el tiempo de la coexistencia de Elton John contra su propio ser, pero coherente con sus tiempos.

Así, de repente, casi de la nada pero como consecuencia de la confrontación entre su ser y su realidad, Elton John despega hacia el firmamento para ser, ahora sí, de las estrellas. Despega para huir de la realidad hiriente de la superficie. Despega para despedirse de las calles de ladrillo amarillo. Así, despega como el hombre cohete que es, como todo un rocketman.

 

 
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