Notre Dame de París y la relación de la Edad Media con el fuego
2019-05-05
Notre Dame de París y la relación de la Edad Media con el fuego

 

Notre Dame de París

y la relación de la Edad Media

con el fuego 

 

 

 

 

Por Dr. Herminio Sánchez de la Barquera *

 

Ciertamente, una iglesia como Notre Dame es más que madera y cantera. Se trata de una de las edificaciones sacras más importantes de la historia, no solamente por su belleza arquitectónica (que en algunas épocas ha sido puesta en duda, debido a los gustos cambiantes), sino también porque es el corazón de uno de los países más importantes del mundo, por los acontecimientos históricos de los que ha sido escenario y testigo, y, por supuesto, por su importancia religiosa y litúrgica. Esta iglesia medieval ha sobrevivido al paso de los siglos y ha sufrido diferentes calamidades, la más grave de todas, sin duda, la del incendio del pasado lunes 15 de Abril.

En la Edad Media, el fuego era en primer lugar una bendición: daba calor, comodidad, luz; permitía cocinar alimentos y calentarlos y era el elemento primordial en una gran cantidad de actividades artesanales. En las casas, el fuego podía estar en dos lugares: como fuego abierto, por ejemplo, en las cocinas y en algunas habitaciones de la casa, y como fuego “encerrado”, como en las estufas de cerámica. El uso intensivo del fuego en la Edad Media tenía también sus consecuencias, y estas no siempre eran buenas. En primer lugar, casi todo lo que se usaba en las casas, monasterios, palacios y talleres era combustible: madera, madera, madera. Y telas, alimentos, aceites, brea, cera, pieles, etc. Y todo esto puede arder fácilmente, al menor descuido: bastaba a veces un tropezón para que algunas chispas cayeran en donde hubiera algún material inflamable, comenzando entonces una catástrofe. Otra consecuencia negativa era el humo dentro de las casas y talleres: como había pocas ventanas porque el vidrio era caro y en invierno había que mantener todo cerrado, el humo constituía un factor de enfermedades, por lo que las ciudades en general y los talleres y cocinas en particular eran lugares muchas veces insalubres debido al humo que se generaba. Otra consecuencia más de este uso del fuego se debía a la necesidad de acarrear madera en casas, palacios, monasterios y talleres para poder tener fuego y calentar agua, cocinar, etc. Según lo que se ha estudiado en esqueletos provenientes de cementerios de la época, el acarrear madera era una de las principales causas de lesiones en las articulaciones y de accidentes como rotura de piernas, brazos o clavículas, sobre todo en los sirvientes. O sea, el fuego también era una maldición.

Pero quizá la pesadilla más pavorosa relacionada con el uso del fuego era el constante peligro de grandes incendios. Como vimos, casi todo lo que rodeaba al hombre medieval era inflamable y el fuego abierto era común y necesario, por lo que al menor descuido podía comenzar todo a arder. Debido a la manera de construir casas (una junto a la otra, en las ciudades, y calles muy angostas), a la carencia de equipos de extinción, al material de construcción, etc., era casi imposible controlar un incendio ya declarado. Una vez que estallaba un incendio, había que hacer una cadena humana entre el arroyo o pozo más cercano, llevar de esta manera cubetas de madera o de piel hasta el incendio y arrojar esa pequeña cantidad de agua al fuego. Tarea casi inútil. Si a esto le agregamos que quizá sople el viento, en un instante tenemos pueblos, iglesias, monasterios o ciudades enteras ardiendo. Además de rezar, lo único que a veces quedaba por hacer era derribar rápidamente las casas que se encontraran en el camino del fuego, para evitar su propagación. Este remedio fue lo que salvó a la Torre de Londres durante el incendio de Septiembre de 1666: antes de que las llamas llegaran a ella, se procedió a derribar todas las casas a su alrededor.

Lo que seguía después de un incendio de gran magnitud era la reconstrucción, sobre todo en las ciudades, pues los terrenos o solares eran muchas veces propiedad del ayuntamiento, por lo que, si los damnificados no reconstruían inmediatamente sus casas –generalmente en el plazo de un año-, podían perder el terreno. Por eso había mecanismos para apoyar a estas personas, instrumentados desde los ayuntamientos. Además, con el paso del tiempo, las medidas contra incendio se fueron haciendo más estrictas. Algunas ciudades medievales incluso ordenaron colocar, en ciertos lugares estratégicos, cubetas, escaleras, hachas y otros artefactos para poder acudir rápidamente a combatir un incendio y a derribar casas y paredes. Algo muy importante era el mantener a guardias en las torres de las iglesias y en las bocacalles, para avisar oportunamente si estallaba alguna conflagración, particularmente de noche.

En el caso de las iglesias, el mayor peligro, aparte de las velas y cirios encendidos, eran los rayos. Es innumerable la cantidad de iglesias y monasterios que en el transcurso de la Edad Media ardieron parcial o totalmente. Muchas iglesias no tenían más que las paredes de cantera, siendo el techo de madera o incluso de paja; en algunas regiones de Europa, las iglesias eran construidas solamente de madera, como en los países nórdicos o en Inglaterra. Como la madera del techo se recubría de alquitrán, que es muy inflamable, un rayo podía ocasionar la propagación del fuego con una velocidad impresionante. Además, aunque el techo en sí fuese de plomo o de cobre, el armazón era de todas maneras de madera. Es por eso, entre otras razones, que algunas iglesias góticas fueron renovadas en el siglo XIX y dotadas de un armazón de metal, como en Colonia o en Basilea, además de que la cubierta de cobre resiste más el fuego que el plomo. En Notre Dame se conjugaron, en el caso del techo, por lo tanto, varios factores que contribuyeron a la rápida propagación del fuego hace unos días: madera en la techumbre y en el armazón, alquitrán y plomo. Además, los grandes espacios de una iglesia de esas proporciones dificultan el combate de las llamas. En la Edad Media no había, además, ni mangueras ni agua a presión. Sólo cubetitas. Estas circunstancias son las que movieron a Umberto Eco a afirmar, con el humor que le caracterizaba, que si alguna función tenían los monasterios en la Edad Media era quemarse.

También la Antigüedad padeció incendios desastrosos, que en la época medieval continuaron siendo objeto de comentarios y leyendas. Los casos más famosos fueron:

- Alejandría, 48 a.C.: el legendario incendio de esta ciudad egipcia parece que sólo es eso: una leyenda. Es muy probable que Julio César, por cuestiones estratégicas, haya mandado quemar su propia flota en el puerto, pero no se sabe que el fuego se haya propagado a la ciudad, y menos a la famosísima biblioteca. Esta debió haber sido destruida tiempo después, bajo circunstancias que desconocemos.

- Roma, 64 d.C.: también aquí se mezclan la leyenda y la historia. No se sabe qué tan amplio fue el incendio de la ciudad ni la magnitud de los daños, se duda realmente si el emperador Nerón lo provocó y con qué intenciones. Lo cierto es que varios miles de personas se quedaron literalmente en la calle. Otros incendios de grandes proporciones que padeció la ciudad ocurrieron en los años 213, 23 y 6 a.C.; y en 27, 36 y 192 d.C.

La catedral de Nuestra Señora de París está situada en la parte más antigua de la ciudad. París es una fundación celta llamada originalmente “Lutetia Parisiorum”. Los “parisi” eran una tribu celta de la Edad del Hierro, quienes aparentemente fueron quienes fundaron la ciudad. El nombre “Lutetia” está documentado por primera vez en el 53 a.C., por Julio César, quien afirma que los parisi habitaban una isla del río Sena. Sin embargo, ante la escasez de vestigios arqueológicos de esa época, es difícil determinar el lugar con exactitud. De hecho, no se conocen restos que daten de antes de la época romana. Es probable que la parte más antigua de la ciudad sea la llamada “Île de la Cité”, que en un principio tenía unas 8 hectáreas de superficie, pero que artificialmente fue creciendo hasta llegar a 22. Precisamente en donde ahora está la Catedral de Notre Dame fue hallado el llamado “Pilar de los nautas parisinos”, que data del primer cuarto del primer siglo d.C. Se trata de los restos de un monumento dedicado a los dioses galos y romanos, erigido por los navegantes de la ciudad. Es necesario precisar aquí que la fuente principal de ingresos de la ciudad era el comercio, por lo que su escudo de armas muestra un barco y la inscripción “Fluctuat nec mergitur” (“se mece [por las olas], pero no se hunde”). El monumento del que hablamos está dedicado a Júpiter; le siguen Marte, Fortuna, Cástor y Pólux y Vulcano. También están los siguientes dioses celtas o galos: Esus, Smertrios, Tarvos Trigaranus y Cernunnos. El pilar está dedicado también al emperador Tiberius (14-37 d.C.).
 
En algún momento del siglo III, los bloques de piedra del pilar fueron utilizados para reforzar los muros que daban al río. En el lugar original en donde se encontraba este monumento a Júpiter y al emperador se comenzó a edificar en el año 528 la Catedral de San Esteban, por órdenes del rey de los francos Childeberto I. Dicha catedral era casi la construcción más antigua de la ciudad, después del Panteón (en el monte de Santa Genoveva) y de una capilla mencionada por San Gregorio de Tours cerca de la necrópolis de San Marcial. Con el paso del tiempo, la Catedral de San Esteban fue ya insuficiente tanto en términos prácticos como también estilísticos. Por eso es que en 1163 comienza la construcción de la actual catedral, que en gran medida conserva el estilo gótico de la época, aunque con las modificaciones que se fueron realizando con el paso del tiempo.
 
A diferencia de otras catedrales e iglesias góticas, Notre Dame de París no había sido dañada severamente por algún incendio en toda su historia. Esto cambió dramáticamente hace unas semanas. Por el contrario, otras iglesias famosas no salieron tan bien libradas, como por ejemplo la de Chartres, que por cierto está dedicada igualmente a la Virgen María (también se llama “Notre Dame”) y que es otra joya de la arquitectura gótica. La primera catedral en Chartres es más o menos del 360, pero hacia mediados del siglo VIII fue destruida por los visigodos y quemada hasta sus cimientos. La catedral que inmediatamente se erigió fue destruida casi un siglo después por los vikingos. Restos de esta catedral se encuentran aún en la capilla de San Leobino. En el 962, la catedral se incendió nuevamente, en medio del conflicto armado entre el Duque Ricardo I de Normandía y el Conde de Chartres. La siguiente construcción se incendió igualmente en el año 1020, debido a un accidente. En ese mismo año se comenzó a construir la catedral románica, de la que quedan algunos restos integrados en la actual. La ciudad se quemó en el 1134, pero la catedral, con algunos daños, salió bien librada; esto cambió en el incendio de 1094, que destruyó casi por completo a la catedral románica. Ese mismo año comenzó a trabajarse en la sexta catedral, que es la que conocemos en nuestros días, uno de los más excelsos ejemplos del estilo gótico y que no ha vuelto a quemarse.
 
A continuación, los incendios más desastrosos de la Edad Media y hasta el siglo XVII:
 
Lübeck, 1157, 1251 y 1276. Después de este tercer incendio se ordenaron efectivas medidas de prevención de incendios, con tal éxito, que la ciudad no volvió a arder en los siguientes seis siglos.
Múnich, 1327. Un trozo de carbón encendido en un monasterio desató un terrible incendio que consumió dos terceras partes de la ciudad medieval. A partir de eso, el Emperador prohibió hacer casas de madera y techos de paja.
Aquisgrán, 1656. Un descuido en la casa de un panadero desató uno de los incendios más voraces de la historia. La ciudad ardió casi por completo en menos de 24 horas.
Londres, 1666. Este incendio sobrepasó seguramente a todos los anteriores. Comenzó en una panadería y destruyó más de 13 000 viviendas y casi toda la ciudad medieval desapareció. Después de la catástrofe, las autoridades ordenaron medidas de prevención que resultaron eficaces en el futuro y que se aplicaron inmediatamente en los trabajos de reconstrucción de la ciudad.
 
*Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP
 
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