La ética en la función pública (tercera y última parte)
2019-01-27
La ética en la función pública (tercera y última parte)
La ética en la función pública
(tercera y última parte)
 
 
 
 
 
 
 
 
Por Dr. Herminio Sánchez de la Barquera*
 
 
 
 
El político debe saber mantener y cambiar: mantener cambiando y cambiar manteniendo, sin poner en peligro la identidad, la esencia y el porvenir de la comunidad. El medio legítimo con el que trabaja el político es lo que muchos llaman “instinto de poder”, pero por eso mismo corre constantemente el peligro de buscar el poder por el poder mismo, de no verlo como instrumento de servicio a los demás sino para satisfacer sus fines personales o su vanidad. De ahí que Max Weber subraye insistentemente un despierto sentido de la responsabilidad que dé sustento al deseo de poder y que lo oriente hacia objetivos elevados, humanos, morales, sociales y culturales, o a ideas y exigencias de la vida cotidiana.
La política, según Eschenburg, arruina el carácter de los débiles, de los malintencionados, de los mañosos y de los tontos, por lo que el buen político requiere de gran fuerza moral e intelectual y de valor civil a toda prueba. En este sentido, recordemos que, sin esas virtudes, el poder nos puede orillar al abuso, según las famosas palabras de Lord Acton: “el poder absoluto corrompe absolutamente”, o de Dibelius: “Mientras más se bebe de ello, más sediento se vuelve uno”. Por eso es tan importante qué tipo de valores muevan al político. Sólo aquel que verdaderamente trabaja en pos del orden, de la justicia y de la libertad puede ver lo que es esencial en la política; sólo quien ve en la política una oportunidad y un deber de servicio busca orientar su conducta guiándose por valores superiores, en tanto que el ególatra y el arrogante olvidan que todos los hombres tienen una dignidad que hace que no puedan ser utilizados como medios. El observar cómo se relacionan la libertad y el orden, la autoridad y la responsabilidad, y las vertientes personal y social de los ciudadanos debe ayudar a formar nuestro juicio y a considerar el poder como un medio y no como un fin.
 
Basave afirmaba que el político debe comportarse como un rector de la vida social, con vocación a ordenar una sociedad. Debe tener vocación por la función y por la técnica de ordenación, así como un natural influjo social. Su razón ordinal se basa en la integración, el mando y el impulso. La vocación es la que da tono de misión a las tareas públicas. El político es una persona predispuesta a preocuparse y ocuparse por las cosas de todos. El poder del político consiste en gran medida en que posea cierta capacidad y voluntad de imponer a los demás su propia orientación valorativa, por lo que hay que huir de la idea de que los políticos deban presentarse como meros realizadores de la voluntad popular, ya que la función representativa va siempre acompañada de la imperativa orientadora e influyente. A los hombres de vocación política está encomendada la tarea ordenadora, integradora y organizadora.
 
La política es una fuerza creadora, pero ¿cómo queremos emprender esa tarea sin un pensamiento que la alimente y oriente? Si no tenemos claridad de ideas, haremos activismo estéril en vez de acción fructífera. El pragmatismo no podrá jamás, a fin de cuentas, substituir a las ideas profundas y enriquecedoras; además, nos conduce fácilmente al oportunismo y al vacío en las propuestas. Triste es el caso, harto frecuente ya, de quienes se cambian con toda tranquilidad de un partido político a otro, generalmente para poder ser candidatos, demostrando con esto, entre otras cosas, nula lealtad a principios y programas que antes defendían con pasión. Al parecer, el poder no cambia a la gente, sino que la desenmascara, la hace verse tal como es. Es necesario formar y buscar gente que viva para servir en las tareas de gobierno, necesitamos profesionales de la política, no vividores de ella; tenemos que formar políticos en toda la extensión de la palabra. Además, es nuestra obligación subrayar el indisoluble lazo que debe unir a la política con la ética. México es un triste ejemplo de cómo la corrupción se hace “modus vivendi”. Si una sociedad realmente desea cambiar para mejorar, no es suficiente con que cambie de gobierno – ese “equipo de hombres con autoridad” -, sino que – más importante aún – debe cambiar primero de mentalidad. La tarea de procurar la prosperidad de un país es de todos, no nada más de unos cuantos; cada cual en su trinchera, velando por el respeto a las personas, en la lucha contra la injusticia, contra el dolor que causamos unos hombres a otros hombres, contra la improvisación y el pragmatismo, y a favor de una actividad política orientada por valores y principios. Por eso es que Protágoras concedía una gran importancia a las virtudes en la vida pública, predicando siempre la prudencia y buena voluntad en los asuntos públicos, para administrar con beneficio las cosas de la ciudad. Esto nos lleva a concluir estas reflexiones con unas ilustrativas palabras de San Agustín: “Si prescindimos de la justicia, ¿qué será una banda de ladrones sino una sociedad política en pequeño, y qué será una sociedad política sino una gran sociedad de bandidos?”.
 
*Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP
 
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