La ética en la función pública (primera parte)
2019-01-15
La ética en la función pública (primera parte)
La ética en la función pública
(primera parte)
 
 
 
 
 
 
 
Por Dr. Herminio Sánchez de la Barquera*
 
 
 
En la actualidad, particularmente en las últimas décadas, las preguntas en torno a las relaciones de la política con la ética han vuelto a cobrar importancia, no solamente para los enfoques normativos en la Ciencia Política y no solamente en el campo de la política como práctica de la configuración social. Esto ha sido muy visible fundamentalmente en cuatro aspectos: a) el aumento de la violencia militar y el peligro de la guerra y del terrorismo; b) la injusticia social y el hambre; c) el cambio climático y la crisis ecológica; y d) la cuestión de los fundamentos de legitimación del orden estatal. Hay que subrayar el hecho de que está prevaleciendo la idea de que, si bien se debe distinguir entre ética y política, esto no debe llevarnos a considerarlas de manera individual y desvinculada. En este sentido creemos más pertinente hablar de una “Ética de lo político”, que reconozca a lo político como uno de sus campos de objeto, en lugar de una “Ética política”, puesto que no se busca una ética políticamente calificada.
Ante dichos problemas de corte mundial, es forzoso reflexionar sobre la relación entre ética y política. Por ello, muchos pensadores, instituciones y organizaciones recalcan el fundamento espiritual que debe sostener a la actividad política, pues sus objetivos no son puramente materiales. Desde un punto de vista normativo, la política debería tener en lo espiritual un principio de promoción y de superación humana. Siguiendo a estos enfoques, podemos decir que la vigencia de valores éticos en la práctica política y en general en la función pública coadyuva a la protección y defensa de las personas y de la sociedad en su conjunto frente a los abusos del poder, frente a las arbitrariedades de malos funcionarios y frente a las muy difundidas prácticas de corrupción, en las que desafortunadamente los mismos ciudadanos son parte activa, en mayor o menor medida. Estos enfoques parten de la idea de la subordinación de la conducta política a las normas éticas, rechazando la dicotomía de la conducta, según la cual la política obedece a normas de conveniencia, dejando a la moral como norma para la conciencia personal.
De Otto Suhr (1894-1957) es la expresión “urbanidad política”, que consiste en un código de la conducta que lleva al éxito político, esto es, la manera de tratar con los hombres que deben dirigir un orden político. Primero hay que llegar al poder y mantenerse en él, para lo cual el actor político se sirve de la sagacidad; la doctrina acerca de esta sagacidad es la táctica política. Pero a la larga, sin objetivos a largo plazo, el táctico fracasa, por lo que debe echar mano de la estrategia política; y es que son los preceptos de la prudencia los que cumplen con la función de la configuración. El “material” de esta configuración son las personas; de su colaboración depende todo y deben ser tratados de acuerdo a criterios reconocidos como derecho. Si se cultiva este sentimiento del derecho con la formación política y si se le considera como precepto de la ética en la política podrá conservarse la colectividad. Para preparar esto se requiere de la sabiduría.
Tenemos aquí por lo tanto cuatro categorías capitales: táctica, estrategia, formación y ética. Pero si consideramos al bien común en su amplitud total, estas no son únicamente reglas de habilidad psicológica o de moral abstracta, sino que adquieren un carácter ontológico: son órdenes del ser. Estas categorías deben ejercitarse y compenetrarse mutuamente, lo cual resulta evidente en el problema fundamental de toda ética social: ningún hombre puede ser empleado como medio para un fin, no importa qué tan elevado sea este fin. Sin embargo, todo orden político debe emplear a los hombres e integrarlos en el conjunto. Esto lo recalca Immanuel Kant (1724-1804) al deducir la idea de la dignidad del hombre, lo que tendrá consecuencias profundas para la concepción del Estado de derecho burgués y para el desarrollo de las ideas sobre los derechos humanos: la dignidad de la persona humana deriva del convencimiento de que el hombre jamás debe ser tomado como un simple medio, sino que debe ser considerado siempre a la vez como un fin en sí mismo. 
En toda organización está presente este dilema, del que debe ser consciente todo actor político: el que desee que prospere el conjunto debe “utilizar” a los hombres, incluso sin su consentimiento, incluso en contra de su voluntad. Dicho orden solamente seguirá siendo humano si el hombre sabe lo que hace y si sigue el principio de publicidad de Kant (en De la paz eterna, anexo II): “… no puedo exigirles a los hombres nada que yo mismo no podría decirles en el momento exacto, con su asentimiento, tras serena reflexión”. El problema es que no siempre se puede tener el tiempo ni la calma para esa reflexión serena, además de que muchos políticos no son conscientes de la necesidad de esta reflexión, por lo que en la realidad política los dirigentes políticos tienden a anticiparse a los hombres y a utilizarlos. De ahí que nunca desaparezcan totalmente las tensiones entre función y persona. Aquí es donde se somete a prueba a la ética política, al confrontarse con los problemáticos métodos de la táctica y la estrategia.
La táctica es, según Carl von Clausewitz (1780-1831), “la doctrina acerca del uso de las fuerzas combatientes en la batalla”, esto es, el proceder para llegar al éxito paso a paso. Aplicada a la política, diremos que el político debe saber distinguir entre la táctica del progreso y la táctica de la autoafirmación. Para hacer carrera, el político primero tiene que ser conocido, tiene que dejarse ver lo más posible, dando la impresión de estar interesado ardientemente por todo. Frecuentemente, con “tener un nombre” puede ganarse una elección. En esta primera fase no hay enemigos o adversarios: estos llegan cuando el político se vuelve un “competidor incómodo”; por ahora conviene lograr lo que uno desea, pero sin comprometerse, por lo que en formular afirmaciones y postulados se exige cierta reserva, cuidado y discreción.
El que quiera ascender como seguidor de un jefe debe hacerle ver a este que sus enemigos también son los suyos propios. Si bien estos principios de sagacidad no son abiertamente inmorales, no son fáciles de aplicar por cualquier persona no bien dispuesta, pues la política, el poder e incluso la cercanía con el poder fácilmente pueden “corromper” el carácter y someten a duras pruebas al mejor plantado. Ese es el riesgo de la lucha por el poder. A fin de cuentas, el acceso al poder no cambia necesariamente a las personas, sino que las hace ver tal como realmente son.
La táctica de la autoafirmación es para quien ya está arriba. Ahora no necesita hacerse ver siempre, sino raras veces. Debe, empero, cuidarse de no “desconectarse”, de no aislarse. Además, ahora ya no puede evitar tener adversarios, a los que debe conocer y combatir. Tampoco puede seguir apoyando a todos los amigos. Ahora se dará cuenta de que el paso de la oposición a la responsabilidad trae siempre ideas que antes no podían tenerse y coloca al político en situaciones en las que antes no estaba. Aquí es el punto en que la táctica pasa a ser estrategia, pues se deben mostrar metas y objetivos, por los cuales puede llegar incluso a ser necesario renunciar a una ventaja táctica. En todo caso, el verdadero político debe tener sentido de la configuración y entender a los hombres que le rodean o que tiene ante sí.
Aquí es necesario recordar dos conceptos que acuñó Max Weber (1864-1920): la ética de convicción y la ética de responsabilidad. A partir de estos términos aparentemente opuestos, Weber diseñó el tipo ideal del político democrático determinado por los postulados de la pasión, el criterio y la responsabilidad, en el que ambos tipos de ética no son contradicciones absolutas, sino que se complementan en la persona del político, pues sin una decisión de valores, la ética de responsabilidad degenera en una política groseramente pragmática y sin principios; a su vez, sin un pragmatismo responsable, la ética de convicción queda vacía o se vuelve autoritaria.
 
*Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
Centro de Investigación en Ciencias Sociales UPAEP
 
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