La vida misma: un falso narrador real
2018-12-27
La vida misma: un falso narrador real

 

 

 

 

 

La vida misma:

un falso narrador real

 

 

 

 

 

Por Noé Ixbalanqué Bautista

 

 

 

El sentido de la vida de cada uno de nosotros no radica esencialmente en lo que nos sucede y de cómo reaccionamos ante ello, sino de cómo narramos eso. Bajo esta principio, el verdadero narrador es la vida misma, o al menos eso propone Dan Fogelman en La vida misma (Life Itself, EU, 2018) en su segundo largometraje como director, pero con una amplia experiencia como guionista.

Articulada como cuatro historias que se enlazan en algún momento, de acuerdo con el estilo cubista, Fogelman nos presenta la historia de Will (Oscar Isaac) y Abby (Olivia Wilde) un matrimonio neoyorkino que es feliz, sin embargo, es acechado por una inesperada tragedia. La separación repentina de este matrimonio, con un embarazo de por medio, lleva a Will a terapias psicológicas para recuperar la cordura y tratar de recuperar su vida al lado de su hija de unos meses apenas. Sin embargo el dolor de la separación y el abandono es más fuerte que cualquier terapia. Dylan (Olivia Cooke) es esa hija que crece sin un sentido claro de su existencia debido a la lamentable historia de sus padres, pero la vida le hará comprender que lo oscuro tiene un lado brillante para ser valorado y vivido en plenitud. Mientras, al otro lado del océano, en España, el señor Saccione (Antonio Banderas) un rico y solitario propietario de tierras de olivo se encariña con la familia de su capataz provocando la separación de ese matrimonio, por lo que se hace cargo del hijo de esa familia, Rodrigo (Àlex Monner) y su educación, misma que lo llevará a Nueva York. La vida construye los finos hilos que provocará esa trama que llamamos la vida misma.

La fenomenología social de Shütz propone que la verdad del sujeto personal y social ocurre en los actos cotidianos, alejados de los sucesos extraordinarios. Es ahí donde la vida teje minuciosamente eso que llamamos destino. Las coincidencias con significado, o sincronicidad como le llama Jüng, hacen que las acciones cotidianas adquieran un significado para convertirse en esos actos que recordaremos. Es entonces narraremos ello como nuestra vida.

 

Y es precisamente lo que nos muestra Dan Fogelman en esta cinta cuyo guión podría complicarse, pero su amplia experiencia participando como escritor en filmes como Cars (John Lasseter y Joe Ranft, EU, 2006), Cars 2 (John Lasseter y Brad Lewis, EU, 2011) y Bolt (Byron Howard y Chris Williams, EU, 2008), entre otras, le permitieron armar un narración redonda a partir de cuatro historias.

Básicamente es esa parte del trabajo de un guionista que no se mira en la pantalla, pero que son las cimientes de una buena historia: las biografías de los personajes con el mayor detalle posible. Fogelman las lleva ahora a la pantalla a partir del principio cubista que hemos visto en películas como Amores perros (Alejandro González Iñárritu, México, 2000) También hace visible la estructura del guión al señalar sus actos y usar voces narradoras en off, que al inicio resulta chocante.

Así es, al inicio de la película, en el primer acto, la película parece ser odiosamente pretenciosa como si tratase de la obra de un fanático de directores de culto (malos directores, pero valorados por los fanáticos) como Tarantino, así como de recursos soberbios que usan los fracasados aspirantes a artistas de la gran pantalla, como son la manipulación de los tiempos y de los planos narrativos. Sin embargo, al progresar la película, Fogelman muestra que ello no fue un desatino ni un capricho “artistoide”, sino un recurso inmersivo a la seriedad del tema. Emplea para sí mismo su premisa donde el falso narrador es la vida que sin embargo, en un oximorón, es real. Mezclando los géneros al estilo Spike Jonze, pero con una sutileza que se agradece, la narración de La vida misma resulta redonda y sólida… como la vida misma: un falso narrador real.

 
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