Roma: excelsa
2018-12-13
Roma: excelsa

 

 

 

 

Roma: excelsa

 

 

 

 

Por Noé Ixbalanqué Bautista

 

 

Si habría que describir con una palabra el trabajo más reciente del mexicano Alfonso Cuarón esa palabra sería indudablemente excelsa. No solamente por la película en sí misma, sino que Roma (México/EU, 2018) rompe con el paradigma oligopólico de la exhibición, un modelo de negocios que beneficia a los exhibidores, distribuidores y a la industria productora, pero no necesariamente al creador cinematográfico y al público. El estreno comercial será en la plataforma de Netflix dentro de unos días, pero se ha estrenado ya en pantalla grande en circuitos alternativos con una gran respuesta del espectador. Esto rompe por completo el modelo de negocios imperante y establece nuevas reglas, ahora democráticas, en la exhibición cinematográfica.

Cuarón nos narra la historia de Cleo (una espléndida Yalitza Aparicio) una joven de origen mixteco que en los inicios de la década de los setenta trabaja como nana para una familia de clase media alta en la colonia Roma de la Ciudad de México. Cleo debe de tener la casa limpia y en orden para que los cuatro hijos de la familia crezcan en armonía, protección y con cariño. Ello a pesar de que Cleo también busca eso para sí misma, y en los brazos de un hombre que pronto, como es el patrón de comportamiento del machismo, la abandonará con un embarazo de por medio. Paralelamente Sofía (Marina de Tavira) la madre de esa familia atraviesa por la ruptura de su matrimonio para tratar de construir una nueva realidad para sus hijos, una con la figura paterna ausente. Mientras ello ocurre en ese pequeño mundo, el otro mundo, el social controlado por la política, se tambalea a causa de la represión gubernamental. El futuro de los cuatro menores ha quedado bajo la responsabilidad de dos mujeres abandonadas por el egoísmo masculino y a merced de un régimen autoritario; pero será el amor por ellos que, como una incubadora, los protegerá de las ruinas de esa realidad, como lo hizo esa incubadora del hospital durante el temblor.

Tal y como aquéllas madres y nanas bordaban figuras con infinita paciencia y amorosa precisión en las fundas de las almohadas de sus hijos, mismas en las que descansaban los anhelos y enjugaban las lágrimas diarios de ellos, así Cuarón bordó los finos hilos de una cotidianidad, hoy extraña y ajena, para llevarnos a un viaje nostálgico y emotivamente profundo que, sin darnos cuenta, nos atrapa sin trampas ni falos recursos, sino con la verdad y la sinceridad de un verdadero artista en la simple piel de un ser humano. En Roma Cuarón se desnuda para reconocer el amor como construcción y fortaleza de la persona, a pesar de los golpes del destino y de la ambición política.

El guión de Cuarón no es solamente el resultado de una nostálgica reconstrucción de la infancia y un merecido homenaje a Libo, la nana real, sino una precisa y artesanal revisión de un pasado que, con tonos a Fellini, De Sica y Truffaut, Cuarón se niega a llevar al extremo el paradigma dramático para construir una artificial narrativa de género. Su primera apuesta fue Gravity y logró una maravillosa pieza que, con una narrativa sin pretensiones, expone emociones centrales en lo humano. Ahora con Roma madura esa apuesta y así, con una historia simple, pero compleja en su entramado y semántica, ha sido capaz de revelar las emociones más profundas en el espectador llevándolo a la experiencia estética de sí mismo en relación con el otro, con eso que nos hace humanos.

Con la fotografía en blanco y negro, Cuarón desnuda la realidad con una belleza paciente y latente, belleza siempre presente pero pocas veces apreciada. La composición visual que con fellinesca determinación presenta terceros planos donde la verdad del relato está presente sin que la narrativa del primer plano se percate de ello pero se modifica por su causa. La inocencia repara sólo en lo inmediato, en el primer plano, mientras que la malicia construye los terceros planos que determinan la percepción del todo. La inocencia de Cleo y los niños es lastimada por la malicia de un régimen que diseña la escenografía del fondo que determina la hermenéutica de lo inmediato, y por ello la construcción significativa del sí mismo. Los únicos terceros planos que presenta Cuarón sin la intervención del régimen son los naturales: el bosque y la playa, y es en ellos donde lo bello, lo verdadero y lo bueno hacen aún más revelador el dolor del brusco despertar de esa inocencia. Contrastes de sublime ejecución por la cámara.

 

 

El diseño de producción a cargo de Eugenio Caballero destaca por la manera tan precisa de reconstruir cada ambiente, desde las recámaras, su desorden y sus juguetes hasta la calle con la propaganda política tan presente y gastada como comenzaba a ser en la realidad, los vendedores ambulantes, el circo y el tráfico. El simbolismo de una masculinidad dominante en el Galaxie negro que detalladamente el padre estaciona en la cochera, como se hace el amor ya sin pasión. Auto que es maltratado por la esposa para luego ser cambiado por un Renault, simbólicamente acorde con los nuevos tiempos y la nueva vida de esa familia.

El diseño sonoro al igual que la fotografía y el diseño de producción, reconstruyen los sonidos de la época, en la calle: el afilador, el camotero, los ensayos de la banda de guerra, el tráfico, el caos de los vendedores ambulantes, el halconazo; en el interior: el sonido de la tierra al temblar, la música de la radio, el silencio de fondo de la ciudad, el silencio en primer plano de una casa ya sin padre. Un excelente trabajo por parte de Sergio Diaz.

El montaje y la edición del mismo Alfonso Cuarón con Adam Gough, sin pretensiones construyen una cotidianidad que presenta la historia que fragmentada posee una unidad en por sí misma, y que, sin embargo depende de los otros sucesos que parecen ser solamente parte del contexto. Pese a ello, esa cotidianidad es influida por ese contexto: la televisión y los personajes de esa época, el cine y su paralelismo espacial y temporal, donde Cuarón cita sus influencias y a sí mismo con Children of Men (EU/RU/Japón, 2006) y Gravity (RU/EU, 2013). Pero también otras referencias cinematográficas están presentes, como el abrazo con maravilloso, pero de patético aferramiento, de Sofía a su esposo, con pleno sabor a la Audrey Hepburn de William Wyler.

Efrén Hernández expuso en alguno de sus ensayos estéticos, que el verdadero artista se despoja de sí mismo para, al exponer en su obra sus propias emociones y sus propios dolores se enlaza en su universalidad con el resto de los seres humanos. Es un desnudo pleno, franco y sincero. Con ello, al hablar de sí mismo en su esencia ontológica, lejos de construir un discurso egocéntrico, el artista se conecta con el resto de la humanidad con sus emociones nucleares y con su ser, y con ello logra la excelsitud. Es el espíritu que se manifiesta irremediablemente en cada cuadro, en cada sonido, en cada movimiento y en cada expresión en Roma para construir una obra genuinamente excelsa. Por ello, si habría que describir la película de Cuarón con una palabra, no queda otra que esa: EXCELSA.

 

 
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