“El cliente, siempre tiene la razón”:   César Edu Ritz
2018-09-27
“El cliente, siempre tiene la razón”: César Edu Ritz

 

 

 

“El cliente, siempre tiene la razón”:

César Edu Ritz

 

 

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

 

Dentro de muy poco se iniciarán los festejos con miras al bicentenario de uno de los espacios más grandes en el mundo dedicado al arte. Abrió sus puertas el 19 de noviembre de 1819 bajo el nombre de Real Museo de Pintura y Escultura, luego cambiaría por Museo del Prado, y los festejos están bastante afinados según le escribía un amigo desde Madrid proponiéndole al aventurero Zalacaín apartar algunas fechas para coincidir.

En otras ocasiones el grupo de amigos, amantes del arte y la buena comida, habían organizado visitas programadas con un guía en las salas de su interés con explicaciones sin medida del tiempo. La tradición le había surgido décadas antes cuando en el acceso al Museo del Prado había enormes filas y al pasar por la taquilla un doctor en historia del arte, especializado en la pintura negra de Goya, les había propuesto sus servicios. Ese día Zalacaín descubrió no sólo los recovecos del Museo del Prado y las anécdotas de don Francisco, también una nueva y cómoda forma de hacer recorridos por los museos del mundo a la medida.

Con aquél guía y otros dos, uno de Toledo y otro de la Alhambra de Granada, había encontrado afinidades específicas no sólo en el arte y la historia, también en el placer de comer y beber. Por tanto, contactar a un guía y luego comer con él, era algo relativamente usual para el grupo.

En alguna de esas ocasiones se habían puesto como reto ver y conocer algunas obras de pintura relacionadas con la comida, el Prado tiene una buena cantidad, el guía los llevó a conocer varios de los bodegones de Juan Sánchez Cotán, Miguel Parra Abril, Luis Egidio Meléndez, entre otros, quienes plasmaron en sus bodegones temas de caza, hortalizas, frutas, quesos, vinos, utensilios de cocina, embutidos, carnes, peces, y uno curioso donde el chocolate se pintó junto a unos apetitosos bollos.

El grupo había centrado su atención en una de las últimas obras presentadas, el nombre del óleo era además bastante atractivo para la hora, “la 1 menos 15 - había dicho Antonio a la cabeza del grupo- tiempo del aperitivo”. El cuadro se llamaba “¡Hasta verte Cristo mío!” y en la ficha se leía: “Un santero, con una imagen del niño Jesús, se refresca en la ventana de una taberna antes de seguir su camino. El título hace referencia a la expresión utilizada para apurar un vaso de vino cuyo fondo estaba decorado con una imagen de Cristo, y era obra de José García Ramos, sevillano, quien había plasmado a un individuo vestido de negro, con pañuelo y todo, en la cabeza, cargando la imagen de un Niño Jesús adornado con sus “potencias”, mientras se bebía el vino de una vasija ante la mirada del tabernero y de un parroquiano sentado a un lado, con cierta envidia; arriba de él apare un cuadro con una leyenda “Hoy no se fía aquí, mañana Sí”.

Aquella obra había acabado por despertar la sed del grupo. Animados por Antonio decidieron ir a la Terraza del Ritz, al otro lado de la calle del museo y sentarse a beber unas manzanillas. El camarero, con una pulcritud a prueba de error, sirvió a una temperatura perfecta la manzanilla, junto aparecieron unas almendras peladas y tostadas, olivas con hueso, alcaparrones y algunos tropiezos de galletas.

El aperitivo les animó a preguntar si existiría alguna mesa libre para comer. Y por suerte la hubo en la esquina del comedor, para muchos, entre ellos el aventurero Zalacaín, el mejor sitio para comer, desde ahí se domina todo el espacio del restaurante Goya, la altura, la lámpara de araña, los cortinajes, la distribución del salón y el desempeño de los camareros, algo así como un ballet perfectamente bien armonizado y dirigido.

Y entonces Zalacaín empezó a contarles del fundador de la famosa cadena de hoteles Ritz, donde César Edu Ritz, un suizo esforzado en su trabajo, dejó las vacas y los pesebres de su pueblo cercano a Lucerna para debutar y conquistar los mercados de varias ciudades europeas, partió en París y regresó su periplo a la ciudad luz para construir y dirigir el mejor hotel de sus tiempos, el Ritz de Plaza Vendome.

Coloquialmente se le conoció por el apellido materno, César Ritz, quien luego de trabajar en el “Fidelité” de París se animó a ir a Londres a finales del siglo XIX, la ciudad donde más lujo y exigencias había para la hostelería. Trabajó en el “Savoy” dirigiendo el restaurante en pareja con otro grande de la gastronomía, Augusto Escoffier, ambos considerados los pioneros del turismo moderno.

Ritz dejó el Savoy y animó a un grupo de inversionistas, entre ellos él mismo a abrir el “Ritz Carlton”, el primer hotel en ofrecer baños individuales dentro de las suites y de algunas habitaciones; en aquellas épocas aún se usaban los “aseos” de manera generalizada en los pisos de los hoteles, no de forma individual. De ahí a la fama europea hubo poco tiempo, Ritz se mudó a París y conquistó al público con las instalaciones de hospedaje y la magnífica comida. Ya para entonces se le consideraba el rey de la hostelería para los reyes, formó muchas generaciones y dejó un espíritu de servicio incomparable, basaba su trabajo en el comedor en un conjunto de consejos: “Observa a todos sin mirar, oye todo sin escuchar, está atento sin ser servil, anticípate sin ser presuntuoso, si un cliente se queja de un platillo o bebida, quítalo y remplázalo sin hacer preguntas… El cliente siempre tiene la razón”.

Después César Edu Ritz se trasladó a Madrid animado por el rey Alfonso XIII quien necesitaba un espacio donde recibir a los miembros de las casas reales sin menosprecio de sus vecinos franceses o el sello de los ingleses. Y así, organiza todo para inaugurar el Ritz de Madrid en 1906, financiado por varios empresarios, el mismo rey y César Ritz. La presentación en la sociedad española fue todo un éxito, los lujos fueron bienvenidos, la moda de tomar el té al estilo inglés acompañado de los “Finger Food” tradicionales, se impuso.

Desde su inauguración el Ritz de Madrid marcó la moda, el uso de la corbata para los hombres para entrar al restaurante, una tradición conservada todo el año, al margen de las estaciones donde el calor gobierna y un poco tolerada hasta hace unos tres años en el verano donde se pide la chaqueta, el saco sport, y puede prescindirse de la corbata.

El restaurante Goya del Hotel Ritz se ha distinguido por una altísima calidad de cocina. Aquella última vez de su visita el grupo había quedado con los antojos de las obras en bodegones del Prado.

Jorge González, un joven chef formado en Francia, pulido en el restaurante del Hotel Crillon de París es quien ha venido manejando los fogones del Goya. Su carta es impecable, lo mismo platos nacionales clásicos, como las lentejas pardinas, el cocido madrileño, todo un clásico de los jueves desde cuando Alfonso XIII vivía y cuya elaboración se presume, no es menor a 48 horas; los callos madrileños, las fabes, los garbanzos de Fuentesáuco y una variedad de mariscos, ensaladas, pescados salvajes y sin faltar el más especial para Zalacaín, el steak tartar acompañado de las clásicas patatas fritas conocidas como al estilo “chuchería”, cuyo nombre refinado es Saratoga.

En fin, los amigos le enviaron el recordatorio para la reunión en los primeros días de noviembre con una salvedad, el Goya del Ritz de Madrid permanecerá cerrado hasta febrero del próximo año, se hace una completa remodelación de las suites, los salones y el Goya estará conectado con la terraza.

En fin, el Otoño en Madrid se antoja.

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/l-plvNzToHA

 

 

 

 

 

 
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